martes, 20 de octubre de 2015

Silencio rosa

Graznan los cuervos con un ímpetu desbocado y pertinaz sobre un lecho de vísceras  y hojas podridas. A escasos metros un árbol se retuerce  desde el tronco a la copa, emulando los espasmos de un enfermo de tétanos. Hay una oscuridad absoluta, la diosa Selene abandona a su suerte a los mortales  y la noche inunda el bosque de fantasmas y de espíritus atormentados.

Una niña vestida de color rosa camina sin temor ante tan tenebrosa atmósfera, juguetea con un escarabajo  y canta en voz bajita una vetusta y conocida melodía.   A escasos cincuenta metros se encuentra una casa vieja y demacrada; su tejado es de vigas de madera y chamiza, sus paredes de cal cuarteada y de su alargada y atezada chimenea emanan vapores blancos.

Inesperadamente  la tez de la niña se tornó pálida y una soledad pesada como el plomo comenzó a fluir por cada tejido de su pequeño cuerpo. Alzó la mirada hacia la casa donde crecieron sus antepasados  y se dirigió hacia ella. Entró decidida buscando el calor de un palpitante regazo, sin embargo tan solo se oía el chisporroteo de unas ascuas  y el crujido de una dolorida y carcomida escalera de madera ante el avance de sus pasos.  Sofía gritó llamando a sus padres, pero nadie respondía a sus sollozos.  Anduvo hasta su cuarto, abrió la puerta y de repente  vio su gran espejo cuadrado de sinuosas patas. Se acercó lentamente y no reconoció la imagen que éste reflejaba.  Su vestido, sus manos y su cara estaban salpicados de sangre, un agudo alarido retumbó entre las cuatro paredes.  El horrible zumbido retornó a su cabeza rememorando lo que había sucedido aquella misma tarde, como si de un sueño se tratara, Sofía vio como una inocente niña de vestido rosado apuñalaba a su madre por la espalda asestándole un golpe certero. Más fría que un tempano la niña limpió el cuchillo en su vestido y al darse la vuelta descubrió que era ella misma.

Sofía seguía frente al espejo, inmóvil, ensimismada, paralizada por la situación. Súbitamente su padre atravesó el quicio de la puerta y llamó a su mujer e hija: -Katy, Sofía, papá esta en casa-. Jaime no recibió respuesta alguna y fue a la cocina  donde encontró a su mujer desangrada, la sensación de incredulidad y estupor arrasaron con sus fuerzas derrumbándolo. Llorando llamó a Sofía, ella seguía frente al espejo, un nuevo zumbido atacó su mente y con una sonrisa malévola y a la vez empuñando el cuchillo del bolsillo de su vestido dijo con voz muy bajita: -Estoy aquí arriba papá-

Todos los derechos están reservados © Diego Torres y María de la Luz Rivera 2015.


 Escrito por: María de la Luz Rivera y Diego Torres

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