domingo, 21 de febrero de 2016

LAURA

En la calle de Lavapiés se fusionan los aceitosos manjares de la cocina india con la música tribal africana, entre otras fragancias, en un crisol apetitoso de orígenes dispersos y atrayentes. Laura pide Tikka Masala, pan ácimo y una amalgama de verduras al curry, mientras Pablo desnuda con la mirada a una joven pin up que a escasos metros ríe a carcajadas a causa del curioso y exótico acento de uno de los camareros.

En la Puerta del Sol bosteza el oso del Madroño; se prepara una manifestación más contra la antiquísima monarquía de los borbones en un baño de banderas tricolores y éxtasis morado. - ¡Viva la república!- Gritan los indignados. Los hay de todas las edades: unos  nacidos bajo el báculo de Miguel Primo de Rivera,  otros bajo el breve y caótico gobierno de Largo Caballero, esos ante la atenta mirada del rígido, fino y tiránico bigote del gallego Francisco Franco, estos nacidos ante la hipnótica verborrea de Isidoro (Felipe González), el puño que alzó la rosa y aquellos ante la risa sardónica y las manos de cemento de José María Aznar, el estadista castellano, uno de los vértices de las Azores.

Laura flirtea con un helado de mango y con cierta obnubilación escucha las novedades acaecidas en el pequeño y obtuso mundo laboral de Pablo. Ese día no se encontraba con ánimo  para escuchar la narración de  pequeñas escaramuzas fútiles ni para tediosos y universales  discursos morales. Ella sufrió ya en sus carnes la pútrida guerrilla de los epítetos, los efectos secundarios de  constantes juicios comparativos y la encarnizada y ávida lucha por cubrir el amplio espectro de la soledad y el vacío mediante el arte del pisoteo y la infelicidad ajena. Ella había dejado su trabajo; una locura en los tiempos de crisis que corren, para dedicarse a lo que más amaba, el arte de la papiroflexia. De sus finos dedos nacen figuras que arrancan sonrisas a los niños y que sorprenden a adultos curiosos por la ambigua y desconcertante forma de éstas. En su pequeño taller, en su triste habitación sin ventanas, ante la exigua luz de una bombilla, se encuentran en una leja ordenados marcialmente dragones con cabellos fucsias y patas de perro, minotauros vestidos de traje y corbata,  elfos con camisetas de Iron Maiden, un barco con las frágiles alas de Ícaro e infinidad de seres de índole surrealista.  Cada sábado encontraba un hueco donde exponer sus obras bajo la magnánima sombra de un roble en el parque del Retiro y aunque su propósito no era lucrarse, no vive el pez sin agua y no hay subsidios que cien años duren y por esta razón accedía a poner precio a la belleza de su arte.

Pablo continuaba con su vehemente perorata, dibujando laberintos y espirales, creando asociaciones entre el desabastecimiento de los supermercados en Venezuela y la caída de los precios del crudo; divagando, escrutando por medio de los titulares del periódico el estado de países lejanos y empatizando superfluamente con el dolor que emana y crece de la guerra, la pobreza y la destrucción. Laura le pide encarecidamente que pare de hablar y se sustraiga de la lectura del Apocalipsis, viva  y respire por un momento el instante y el fugaz presente. Él la mira perplejo y ahíto de sus labios, de su pelo y de su cuerpo, estalla confesándole que se ha enamorado de una chica que conoció en una asamblea de Podemos y que lo mejor es finiquitar la relación que los une. Laura con una pasmosa tranquilidad encaja el dardo envenenado y le dice que su relación murió el día en qué él dejó  de ser un niño y se convertirtió en otro muerto viviente más, en otra alma que se retuerce en las lóbregas aguas del Lago Estigia, en otro esclavo de la uniformidad de las leyes y el destino. Laura se marcha del local sabiendo que una parte de ella ha fenecido. Poco a poco irán borrándose miles de fotogramas y de caricias y hasta el hijo de su voz, Laura ha conseguido uno de los más preciosos dones, amarse a sí misma y caminar por delante del miedo.


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