domingo, 1 de febrero de 2015

NUESTRO ARLINGTON ESPAÑOL

En el cementerio de Arlington (Virginia, EE.UU.) están enterradas personas consideradas héroes para la sociedad norteamericana. La participación en la II Guerra Mundial, su lucha por la igualdad de derechos o la ocupación de la presidencia del país, constituyen algunos de los méritos para descansar eternamente entre su hierba. En muchas de sus tumbas existe, además, una antorcha de fuego -metáfora de la libertad- siempre encendida. Ocurre, por ejemplo, con la tumba de John F. Kennedy, visitada a diario por cientos de personas.

En nuestro país, no conozco ningún cementerio dedicado exclusivamente a la memoria de nuestros héroes. Empero, sí conozco la guerra de esquelas de nuestros periódicos sobre los dos bandos de la guerra civil, la división entre las propias víctimas del terrorismo o la apología del terrorismo que en el Parlamento Vasco hacen algunos grupos parlamentarios (Sortu es un buen ejemplo de ello) que han contado -y siguen contando- con la aquiescencia de algún que otro presidente del gobierno y partido político.

 Aducirán algunos que en España no tenemos héroes que lucharon por la libertad como por ejemplo hicieron los soldados norteamericanos o ingleses en la II Guerra Mundial. Falso. Rotundamente falso. Si bien es cierto que España no participó en la II Guerra Mundial, no hemos de remontarnos tan lejos para encontrar a grandes héroes que dieron todo por la libertad. Me refiero, por supuesto, al casi millar de víctimas asesinadas vilmente por la banda terrorista ETA. Las víctimas del terrorismo representan lo mejor de nuestra sociedad: su lucha titánica e inquebrantable por la libertad y la dignidad son el espejo en el que hemos de mirarnos a diario como un soplo de esperanza en estos tiempos en los que el relativismo impera casi  apenas ya sin resistencia alguna.

En cuanto a las víctimas, unos, nos sonarán más, de muchos, ni siquiera sabremos sus nombres; pero lo que es seguro es que a todos les honraremos y reconoceremos por igual.

Hay atentados que uno recuerda a la perfección. Me referiré sólo a un par de ellos que definen sobremanera a unos asesinos de unos héroes. ¿Quién no se acuerda del asesinato de Miguel Ángel Blanco?

El día 10 de julio de 1997, Miguel Ángel Blanco, concejal del PP en el Ayuntamiento de Ermua se dirigía, como todos los días, a trabajar. El trayecto que le separaba, de ida pero no de vuelta, era el de pasar de la vida a la muerte. Subió a un tren -el de la vida- que nunca pudo volver a coger: una banda de asesinos le secuestró. ETA había decidido que Miguel Ángel Blanco sería un medio de presión para el gobierno de Aznar. Si se cumplía el chantaje de los asesinos -acercamiento de presos etarras a las cárceles del  País Vasco antes de las 16:00 horas del sábado 12 de julio- le dejarían en libertad. El Gobierno no claudicó y ETA lo asesinó. Como respuesta a tan cobarde y vil asesinato, la sociedad española, indignada no sólo con ETA sino también harta de la retórica de los fariseos nacionalistas con los terroristas -“Ellos mueven el árbol y nosotros recogemos las nueces” (Arzallus dixit)-, se manifestó por todas las ciudades de España proclamando un grito unánime -¡Basta Ya!- en defensa de la libertad, naciendo así el Espíritu de Ermua.

Aquel día, la sociedad española salió sin miedo a la calle exigiendo libertad y clamando justicia.

Aquel día, por primera vez en España hubo gente que se despojó del miedo y del silencio y se vistió de valor y honor.

Aquel día, había muerto Miguel Ángel Blanco pero había nacido un gran héroe para España.

En paralelo al asesinato de Miguel Ángel Blanco existe una imagen que nunca se podrá borrar de mi mente. Se trata del cuerpo yacente del periodista José Luis López de Lacalle. Un sábado 7 de mayo de 2001, como cada fin de semana, López de Lacalle salió de su casa de Andoaín  para tomar café en un bar cercano. Cuando regresaba a su domicilio, un asesino de ETA le disparó dos veces en el pecho y cuando ya estaba en el suelo  le remató con dos tiros en la nuca. La imagen -el cuerpo sin vida de López de Lacalle tendido en el suelo junto a sus ocho periódicos diferentes que había comprado y un paraguas- es el fiel reflejo de cómo ETA asesina por pensar, por leer, por ser tolerante, por, en definitiva, defender la libertad. Sangre derramada por quien quiere vivir en paz, en libertad y en su tierra: el País Vasco. Esperemos que ese paraguas que llevaba aquél día, su paraguas, el paraguas de Andoaín, nos siga protegiendo desde el cielo frente a estas nubes que amenazan tormenta en  que se ha convertido la política antiterrorista. En cualquier caso, seguiremos denunciando a esta camarilla de malos actores políticos, ya sea por vía judicial o mediante la opinión que expresemos libremente. ¡Eso sí que no nos los podrán quitar! Siempre habrá una pluma dispuesta a denunciar la frivolidad con la que algunos olvidan que representan a la nación española.

No sé si habría que encender una antorcha de fuego a todos los asesinados por ETA o construir un cementerio dedicado exclusivamente a su memoria. Sí sé que siempre les recordaremos y ellos serán el motivo y la causa para no rendirnos nunca en nuestra batalla por la libertad.

Ya lo afirmó Churchill el 8 de mayo de 1945: «No desesperen, no se rindan ante la violencia ni la tiranía, sigan adelante y mueran, si es preciso, antes que dejarse vencer». Tomamos nota, Sir Winston. Ya lo confirmó José Luis López de Lacalle: «Yo seguiré trabajando. Está en crisis la libertad. No podemos renunciar a la libertad, ninguna persona y menos aquéllos que llevamos luchando por ella más de 40 años». Igualmente tomamos nota,  José Luis.

La antorcha encendida de la libertad ha pasado a nuestras manos. Nosotros y, sólo nosotros, somos responsables de preservar inmaculada y transmitir esa misma antorcha a las nuevas generaciones. No hemos de vacilar en esta tarea ni un sólo instante. Si cumplimos con nuestro deber, siempre podrán decir que esta- parafraseando a Churchill- fue nuestra hora más gloriosa. De lo contrario no sólo no habremos cumplido con nuestro cometido sino que, además, habremos escrito una de las páginas más tristes de nuestra historia. Páginas, no lo olviden, que llevarán nuestros nombres y apellidos. Yo no estoy dispuesto a ello y espero que ustedes tampoco. Nosotros y, sólo nosotros, somos responsables de transmitir la misma antorcha encendida a las nuevas generaciones. Nosotros y, sólo nosotros, somos los responsables de que esa llama de fuego permanezca viva eternamente. 


Escrito por: Miguel Sánchez.