martes, 27 de enero de 2015

Contra los movimientos de masas

No es el libre albedrío y la voluntad individual la que nos libera de las cadenas de los dogmas, la violencia, los prejuicios instaurados y el complejo de inferioridad. No es acaso el cultivo de uno mismo lo que produce la fuerza de la colectividad. No es acaso un canto a la vida el dejar de temer la muerte, no es acaso necesario el continuo crecimiento del yo, para superar la máscara de una moral decadente y herida.

Bajo la oscuridad caminamos a tientas, y bailamos un Vals al son del azar, entre las pasiones y una razón domesticada. En el universo de los dualismos dejamos de comprender el sentido de nuestra existencia, de nuestros orígenes. Esa continua lucha vivida dentro de un mundo artificial, que desprecia nuestros instintos, llena de odio, violencia y competitividad innecesaria el día a día.

No llego a comprender esa extraña obstinación nuestra de dar la espalda a una naturaleza más sabia que el propio hombre. Las leyes cambian, la ética evoluciona, la ciencia al servicio del progreso es el único camino.
Cuidaos de caer en las garras de la mediocridad y el proselitismo, de abrazar la rigidez de unos dictados, pues os robarán lo más valioso, la capacidad de juzgarse y amarse a uno mismo. Es más cómodo el dejarse llevar por manos invisibles y vivir sin cuestionarse nada, aceptado la verdad sin buscarla.

No invito con esto a la anarquía ni a la igualdad suprema, ya que esta es una quimera, sino invito a no desistir en la lucha individual como baluarte
de la búsqueda de la felicidad y el progreso del colectivo.