martes, 15 de diciembre de 2015

Reflexiones de barra de bar: La soledad.

Escruté de nuevo la noche, en la barra del bar charlaban con viveza dos voluptuosas jóvenes de tez  morena. En una mesa mohosa junto al baño dos chivos apuraban en silencio un cigarrillo. El local estaba medio vacío o quizás medio lleno, la voz de Josele Santiago recordaba a algunos que en septiembre ya no iban a estar, pasaron los años 80, incluso los años 90, ya no existen esos maravillosos chándales fosforitos, ni puede uno mear en la calle sin que le hagan una foto o lo graben.

Amanda estaba sentada en la esquina de la barra, jugaba con un cuchillo mientras observaba la televisión, la teletienda amenizaba el ambiente pudriendo aún más los pantanosos recuerdos de los clientes. Alargadores de penes, maquinillas eléctricas, fajas mágicas que esculpen tu cuerpo como si de una estatua griega se tratara, cuchillos multiusos y robots que preparan un buen cocido, como no prestar atención ante semejantes artilugios. El dueño del local, también conocido como el gorras, se afanaba en encontrar entres sus múltiples discos el último álbum recopilatorio de Narco.

Allí estaba sentado, yo sólo, con una jarra de cerveza en la mano y un vaso de plástico lleno de pipas, dejando pasar  el tiempo sin agobios, intentando comprender que la soledad es el mayor de los vicios y la mayor de las debilidades. Ta vez la soledad no sea eso, puede que venga de las profundidades de nuestros átomos, que sea casi una utopía no saborearla, sentirla o sufrirla. Dicen los científicos que heredamos el sufrimiento, el hambre y las desgracias de nuestros antepasados, que pena que no heredemos la felicidad o por lo menos la capacidad para serlo de forma efímera. Hay personas con chispa, con luz, que iluminan y llenan de confortabilidad, sosiego y alegría a quienes les rodean. Es complicado brindar una sonrisa en tiempos de incertidumbre, en tiempos  donde tal vez dudamos de nosotros mismos y de los demás. No hay tiempo para hablar hasta el amanecer bajo la luz de las estrellas, es terrorífico que un desconocido te dirija la palabra o que sea amable contigo; los niños tienen actividades extraescolares e infinidad de deberes, sus manos ya no están llenas de tierra ni tienen la ropa empapada de saltar en charcos.

Se perdió la voz en directo, las tertulias espontáneas en los bares, se perdió jugar a las cartas en la calle en una calurosa noche de verano. Todo es instantáneo y rápido, estamos interconectados desde puntos muy distantes, mas estamos alejados de la realidad que se nos presenta ante nuestros ojos. Y somos  actores que reímos en las redes sociales, que opinamos y que buscamos la comprensión y  el reconocimiento de  completos desconocidos. El frenético movimiento de la red congela nuestra mirada, congela nuestras vidas, congela nuestras almas. Soy un escéptico y pretendo derrumbar mis prejuicios para construir  una casa habitable, cálida y sencilla, sin embargo mi mente ha bebido el mismo veneno que todos los demás, estoy sometido a la misma presión que ejerce la vida, tal y como la concebimos, estoy sometido a la amplia y continua desinformación y al peligro de la autodestrucción. Para mí la autodestrucción no es el suicidio, es vivir en estado vegetativo, un estado que afecta a más personas de las que creemos.

Eran las dos de la madrugada y ya había bebido bastante por ese día, llamé a Amanda y le pedí la cuenta. Tras devolverme el cambio salí por la puerta, esa noche ya había reflexionado lo suficiente, deseaba llegar a casa, ponerme el pijama y abandonarme al libre mundo de los ensueños.
Todos los derechos reservados ©.Diego Torres 2015