lunes, 28 de septiembre de 2015

La altura de los tiempos

Respiro con cierta preocupación ante una nueva oleada de irracionalidad y saboreo óxido y metales ya corroídos por el paso del tiempo. Ortega y Gasset hablaba de la altura de los tiempos, una época donde el progreso de la humanidad queda estancando y la ilusión se desvanece tras la máscara de placeres fútiles y efímeros.

El veneno de la autocomplacencia corre por las venas de nuestros políticos, y la joven soberanía popular española se tambalea ante pequeñas sacudidas, como si sus cimientos fueran  de paja o de madera carcomida por la avidez y la falta de ética. “Vivimos en el siglo XXI”, dicen algunos. El siglo del internet, de la neurociencia, de la globalización, de la comunicación sin barreras, de la robótica y de la libertad. Pero que se cuece realmente en las masas, en el común de los mortales, en la gente de a pie, en las clases medias, acaso caminan hacia la libertad colectiva, acaso el progreso son las posesiones o la propiedad privada, acaso no sueñan las perdidas ovejas con un pastor que les indique una razón por la que luchar o por la que vivir.

Aceptamos roles y jugamos papeles en diferentes actos, en diferentes escenarios. Unas veces la relación es de poder para con los otros, otras veces es de sumisión, y trabajamos sin ver el resultado de lo que producen nuestras manos. Bienes por servicios, bienes por objetos inanimados,  que nos son ajenos, que no valoramos y desconocemos que manos han llegado a diseñar, crear, fabricar o montar dicho objeto. Parece que ha caído del cielo. No contentos de crear necesidades absurdas, los productos tienen una vida útil y mueren cuando el que los ha programado lo ordena,  ésta es la llamada obsolescencia.

Volvamos a temas más generales, divago bastante por lo que podéis observar, queridos lectores. Mi intención es representar este estilo de vida, que cada vez se aleja más y más de los deseos y objetivos por los que nuestro cerebro ha sido diseñado. Y me preguntarán, ¿Para qué ha sido diseñado? Mi respuesta es que para la supervivencia. La cultura avanza infinitamente más rápido que la evolución fisiológica de nuestro cerebro, en este contexto no es de extrañar que se produzcan tantas enfermedades mentales en una sociedad en la que el miedo y la ansiedad reinan a sus anchas. Pero, por qué, de dónde surge esta presión que nos asfixia, que nos produce úlceras, que provoca accidentes cerebro-vasculares, insomnio, depresión y otras tantas cosas más. La mente somatiza los desequilibrios en los que está inmersa y avisa a nuestra córtex-prefrontal de que algo no está funcionando bien. Qué complicada que es la lucha entre la razón y las pasiones. Este carcelero que es la razón, este carcelero que ocupa un ínfimo porcentaje de nuestra mente, no es para mí tal cosa. La razón o cerebro consciente sirve para manejar nuestras emociones, no para reprimirlas. Todas las patologías mentales que no tienen una base genética o tóxica provienen de este desequilibrio, de una mala canalización de nuestra energía y nuestro potencial.

El futuro realmente es tan sólo la consciencia de que hay que acumular alimentos para los meses fríos o de invierno. Jodido futuro, eres el responsable de tantas atrocidades, has creado tanta insatisfacción y tanta infelicidad; no existes, eres un punto invisible en la línea del tiempo, la quimérica ilusión de los enfermos del presente, la voz de los demagogos, de promesas incumplidas, la voz de los extintos oráculos y las cartas astrales.

¿Qué dicen ustedes?
¿El progreso surgió con el nacimiento  de las naciones, de la civilización, del poder, y de la propiedad privada o murió ese mismo día?  ¿Nació día en el que colectivo y el bien del común dejo paso a la competitividad y al individualismo? ¿Nació cuando la mujer dejó de ser respetada como la madre tierra de la fertilidad, para pasar a ser esclava del hombre? ¿Nació cuando los recursos naturales se convirtieron en  un derecho y no un regalo de los dioses o del azar?


¿Qué es el progreso, la autodestrucción o la felicidad? 

Todos los derechos están reservados. Diego Torres 2015.